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CUENTO El Eterno Enamorado. DOI: 10.32870/revistaargos.v13.n32.e0209 |
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| Carlos José Cortez Loya (MÉXICO) CE: victor.garciav@correo.buap.mx |
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Ella es como ninguna otra. Tenía todo lo que cualquier hombre, bueno o malo, pudiera desear. Describirla no es tarea fácil. Hay personas que perfectamente caben en una descripción. Ella era de las que no caben y no cabrán en ningunas palabras que intenten capturarla. Sin embargo, ahora mismo cometeré esa injusticia porque es mejor eso que privar al lector de ella. Antes de siquiera hablar con ella se puede sentir su presencia. Tiene una influencia en su alrededor como las estrellas en los planetas que las orbitan. Cuando ella habla, todo mundo escucha. Y es que su voz es dulce, te acaricia, te entumece y te despierta al mismo tiempo. Puede parecer banal, pero si como es afuera es adentro, las vibraciones de su voz ya me hablan de la forma de su corazón. Luego, antes de tener tiempo de observarla, escucho su nombre. Dicho por ella es el nombre más hermoso del mundo: Andrea. —¿Cómo? —pregunto instintivamente solo para gozar de escucharlo una vez más. —ANDREA —dice ella repasando las consonantes con su lengua con ondulación de marea—. Mi corazón también sube y baja al oír eso. Desasosiego. Es demasiado. No se oye nada, tampoco se ve nada. —Gabriel —pronuncio mi propio nombre, medio consciente, y no estoy seguro de realmente haberlo hecho—. Entonces, recupero el sentido y veo que me observa con sus inquisitivos ojos cafés. —¿Dónde me escondo? —pienso para mí mismo porque su mirada me atraviesa por completo. Ve a los ojos, pero también mira el alma. Claro, ella nota mi apenamiento y sabe el impacto que ha causado. No es normal que alguien adquiera tanto poder sobre ti. Si ella hubiera sacudido su cabeza hacia un lado, mi cuerpo se hubiera lanzado en esa dirección como siguiendo su comando. Alguna vez creí ser un hombre digno de su amor. Ella causó en mí una profunda impresión. Desde el inicio supe que necesitaba tenerla. Posiblemente esta misma determinación fue la que me diferenció de muchos otros que intentaron conquistar su corazón. Yo era ya un hombre y algunos años mayor que Andrea. Aunque nos conocíamos de poco, nuestro acercamiento fue inusualmente rápido. Yo la buscaba en cada oportunidad que tenía. Verla era lo único que apaciguaba mi mente. Los pensamientos iban desde los más tiernos hasta los más desesperados por pensar en el espacio entre nosotros. Yo solo deseaba más cercanía y tenernos como se tienen dos personas que se aman. Cuando por fin llegaba el momento en que nuestros caminos se cruzaban, me sentía el hombre más afortunado. Agradecía poder tocarla cuando la saludaba, por más que fuera en un momento fugaz y trivial que compartía con muchas otras personas. Aunque yo sabía que sí había algo especial en ese roce, en el que podía sentir el calor de su cuerpo. Este calor hacía que fuera consciente de su cuerpo y que deseara estrujarlo fuertemente contra el mío. Solo había un gran obstáculo, ella tenía pareja en ese momento. El día que me enteré de eso, casi mi arranco los pelos de la desesperación. Era imposible ignorar lo que nos separaba, pero tenía una fuente de esperanza, pues Andrea rápidamente me confesó que entre ella y su novio había una brecha muy grande que iba en aumento. Supe entender lo que esta confesión significaba. Yo, por mi cuenta también le hice una confesión a Andrea y le dije que al verla no podía evitar perder la fuerza y sentirme completamente desarmado y vulnerable. Ella negó haber sabido algo de eso, y no mintió, no precisamente. Tan solo se favoreció de una ingenuidad que en ciertas ocasiones le resultaba muy conveniente. Andrea dijo que se sentía muy sorprendida y que necesitaba un poco de tiempo para procesar aquello. Entonces nos despedimos y decidí esperar a que ella me hablara. No podía soportar la incertidumbre, pero también sabía que Andrea tenía que tomar la decisión y que eso podría tomar tiempo. Por una semana tuve pesadillas en donde el anónimo novio venía enfurecido a tomar venganza contra aquel que osó arruinar su gran suerte. Este sueño se repitió así hasta una semana después del primer sueño, donde un nuevo intento de asesinato fue frustrado al clavarle una daga en su corazón. Es así que me desperté; de golpe, confundido, con la respiración agitada, pero con la sensación de culpa desvaneciente. En ese momento decidí escribirle una carta. Ahí plasmé todo lo que sentía. Le dije que sabía que era injusto de mi parte. Soy consciente de que una persona tan grandiosa como ella solo podría estar con alguien admirable y de gran belleza interna. Por eso me pesó escribir tan apasionadas palabras en dónde le declaré mi amor sin reservas. También le dije que si ella no sentía lo mismo por mí, podía decírmelo y desaparecería de su vida. Entonces fui a su casa y dejé la carta. No supe de ella en 3 semanas. El tiempo fue insoportable. Su silencio podría ser una respuesta. La primera semana pensé que por lo menos era entendible que no me quisiera ver, pero después solo me imaginé que debía odiarme y que ni siquiera era digno de recibir una respuesta de ella. Al cumplirse las tres semanas lloré y maldije el día en el que la conocí. Quizás ella escuchó mi llanto porque a las pocas horas recibí una llamada suya. Contesté al instante y escuché su respiración pesada. No me saludó y solo me dijo que nos viéramos esa noche. Desde luego que accedí y ella colgó. Entonces Andrea no se había olvidado de mí. ¡Qué gran alivio! Por un segundo pensé que de verdad ya no quería nada que ver conmigo. Todo ese tiempo Andrea lo usó para contemplar el dilema en el que tan repentinamente se encontraba. A nadie le mencionó nada, ni a sus amigas más íntimas. Sin embargo, debieron haber notado que Andrea estuvo inusualmente callada esas semanas. Ella no sabía qué hacer. Por un lado, amaba su novio y quería mejorar las cosas con él. Pero había una fuerza que se hacía más grande entre nosotros, imposible de ignorar. Nos vimos en la noche en un transitado parque de la ciudad. Ese lugar era uno de nuestros lugares favoritos. Incluso antes ya nos habíamos encontrado ahí por casualidad. Yo llegué poco antes de la hora acordada y para mi sorpresa ella ya estaba ahí. La observé por un segundo, intentando descifrar su mirada. No pude saberlo de inmediato porque ella rápidamente volteó a verme como si hubiera notado mi presencia de repente. Yo debí haber hecho la mueca más extraña con mi sonrisa preocupada. —Hola, Gabriel —me dijo en un tono serio y sombrío que me heló los huesos—. Me puse rígido y esperé lo peor. —Creo que sabes lo que te diré —me dijo—. No, no lo sé, o por lo menos quiero oírlo de tu boca —respondí—. Es que hay demasiadas cosas que se interponen entre nosotros. No sé si a mi familia le guste oír que de un momento a otro tengo a alguien nuevo —dijo—. Este último comentario me hizo sentir un chispazo. Debió haberlo considerado para pensar en eso. Supe que esto podía ir a ambas direcciones. Odié pensar en tener que prescindir de su presencia. La miré. La miré un largo rato resistiendo el fuerte instinto de voltear hacia otro lado. Ella se calló como hipnotizada y supe que también me miraba. —No me mires así —me dijo—. ¿Por qué no? repliqué—. Por un momento más, ella solo se quedó callada. Después me volvió a mirar buscando de nuevo esa intimidad. Estuve a punto de acobardarme. Pero en ese momento tuve claridad y supe que no hacía falta esconderme. La miré y experimenté algo que nunca había sentido. Fue una gran felicidad mezclada con melancolía. No supe explicar por qué sentí eso, pero así fue. Ella debió haber pensado algo parecido porque le brotaron lágrimas de los ojos, a la vez que sonrió. Me pareció que sentía pena por mí. Entonces nos abrazamos en un abrazo que calentó mi alma. Debimos haber estado minutos entrelazados, nuestros cuerpos en difusión. No me faltó nada más para saber que me amaba. Así pasó el tiempo. Nuestro lazo se volvió fuerte y yo estuve convencido de que ella era la mujer de mi vida. Mientras más la conocía, más cualidades le encontraba y mayor era la confianza que teníamos. Andrea era una mujer talentosa y carismática. Además, escuchar sus pensamientos era excitante. Debía pensar diferente a todo el mundo, pero no se alejaba mucho de la sensatez. Todo mundo debía pensar lo mismo porque siempre estaba rodeada de gente que elogiaba su creatividad, dedicación, inteligencia, entre muchas otras cualidades. Y descubrir que todo era cierto fue un gran placer. Algunos de los mejores años de mi vida los pasé con Andrea. Como ya mencioné, había mucha gente que quería estar alrededor de Andrea. Cuando ella estaba en un grupo, sin importar si eran conocidos, ella atraía la mayor atención y su soltura la llevaba a conversar con cualquiera que se le pusiera enfrente. Era encantador. Hasta el día en el que conocí a su amigo, Edgar, un delgado lampiño con una cara algo olvidable. Edgar no era un amigo muy cercano de Andrea, pero sí se tenían cariño. En realidad, Edgar nunca me ha hecho algo tan grave, pero estoy seguro de que es un hijo de puta. Cuando lo veía él me saludaba con una gran sonrisa. Sí, amigable. Pero esta sonrisa era demasiado. Su rostro se desfiguraba de una manera extraña y me aliviaba cuando cambiaba su gesto. Yo nunca creí haber hecho algo para que él se sintiera tan alegrado de verme. Incluso pasaba a ignorarme completamente para poner su atención en Andrea cuando ella llegaba. Luego acaparaba la conversación con grandes elogios a las nuevas obras de Andrea o a su persona. Entonces, Andrea le agradecía y comenzaba a hablar de nuevos descubrimientos en su última presentación. Yo también la admiraba y me aseguraba de que ella lo supiera. Pero este tipo simplemente hablaba de ella como si fuera una diosa, un ser libre de falla y de moral superior. Lo que quiero decir es que eso me molestó no porque él la idolatrara, sino porque Andrea no lo veía como el lambiscón que era. Este sujeto parecía siempre estar al lado de ella. En parte estaba justificado porque eran colegas, pero tampoco al nivel que él lo llevaba. Y a Andrea no parecía molestarle. Un día decidí preguntarle sobre él. —¿En realidad qué es lo que quiere Edgar de ti? —pregunté sin preámbulo—. Es probable que quiera estar conmigo, pero eso ya lo sabes. —respondió Andrea después de pensarlo un momento—. Sí lo sé —le dije—. ¿Entonces qué quieres saber realmente? —me preguntó francamente. Esto me sorprendió. Andrea me conocía bien y eso me inquietó un poco. Su pregunta me hizo darme cuenta de que no sabía realmente qué es lo que me molestaba de la situación. —Sé que tú no quieres nada de él, pero me desconcierta que sepas que está detrás tuyo y de todas maneras sigas frecuentándolo tanto —le confesé avergonzado—. ¿En serio estás celoso de Edgar? —preguntó Andrea algo molesta—. No, no es eso. Solo no entiendo por qué quieres su atención. —le contesté finalmente. Andrea desvió la conversación y me dijo que si yo así lo quería, podía dejar de frecuentarse con Edgar. Eso me hizo sentir estúpido. No quería privarla de ver a nadie, más bien hubiera preferido que ella misma se alejara de gente como Edgar. Ese bobo manipulador no era el solo culpable de mis nuevos problemas con Andrea, más bien era solo un síntoma. Un síntoma como la repugnante tos del tuberculoso. Este tipo tenía un radar para las inseguridades. Pocos días después de mi discusión con Andrea, nos encontramos con Edgar y otros colegas de Andrea que celebraban la culminación de un proyecto importante. Normalmente me la pasaba bien en ese tipo de eventos. El ambiente era ligero y la gente tenía ganas de platicar sobre sus experiencias. Sin embargo, ese día yo no tenía muy buen humor y no entablé conversación con nadie por un rato. En un momento en el que yo estaba perdido en mis pensamientos, Edgar se apareció frente a mí con una gran sonrisa que me perturbó. Lo saludé con frialdad y él hizo una exagerada cara de sorpresa. —¿Qué pasa, Gabriel? ¿Acaso te he hecho algo? Si es así, en verdad lo lamento. Nunca ha sido esa mi intención —se apresuró a decir—. ¿Cómo has llegado a esa conclusión, Edgar? —le pregunté con firmeza—. Oh bueno, cuando me viste hiciste un gesto como si tuvieras indigestión. Tal vez es eso. Si es así, dímelo inmediatamente y te traigo algo para el malestar —respondió Edgar—. No, estoy perfectamente bien —le dije intentando finalizar la plática—. Bueno, te debo confesar que vi a Andrea algo seria esta semana. No quise ser intrusivo, pero me preocupé por ella, pues normalmente es alguien muy jovial. Ella me contó que se sentía algo insegura y que eso la desconcertaba porque no suele sentirse así. Es triste porque en su estado natural, verla es como ver a un ave que vuela y canta libremente en el bosque. Intenté averiguar más sobre lo que la aquejaba, pero no quiso decir más. En verdad lamento verla así y haría lo que fuera para que mejore. —dijo Edgar—. ¿Quieres decir que yo soy el culpable de su malestar? —le pregunté mientras lo miraba a los ojos. Edgar tardó un segundo en reaccionar y luego hizo un gesto de preocupación. —Jamás sugeriría algo así, amigo. Debo haberme expresado mal. Tú eres el más indicado para ayudar a Andrea a mejorar su estado de ánimo. Solo quería asegurarme de que hayas notado que ella está pasando por un momento difícil —explicó Edgar—. Le agradecí su preocupación y me excusé diciendo que debía ir al baño. Ese Edgar sí que tenía una lengua. Odiaba que sus palabras me removieran tanto. Sabía que su único objetivo era entrar en mi cabeza e igual lo permití. ¿Cómo es que Andrea se hace llamar amiga de tal sanguijuela? A decir verdad, el tema de Edgar no me molestó por mucho tiempo. Poco después de mi plática con Andrea al respecto dejé de escuchar su nombre e incluso dejó de frecuentarlo. No supe muy bien por qué. Alguna vez escuché una conversación entre Andrea y una amiga de ella que conocía bien a Edgar. Su amiga le preguntó por qué ya no se veían más, le dijo que Edgar la buscaba constantemente y que Andrea parecía evitarlo. —No se ha presentado la oportunidad. Desde el último proyecto juntos no ha habido motivo para vernos —respondió Andrea sin reparo—. Su cambio de tono llamó mi atención, más allá de que se tratara de Edgar. —Vamos, él me ha dicho que has rechazado varios proyectos en los que él está colaborando. ¿No lo estás evitando por algún motivo en especial? —contestó su amiga, quien me dirigió una fugaz mirada en medio de su pregunta—. No, solo ha sido una coincidencia. No tengo nada en contra de él —dijo nuevamente con firmeza—. Su respuesta fue tan tajante que su amiga perdió la motivación de seguir haciendo preguntas. Yo tampoco pregunté más al respecto, pues pensé que ella lo evitaba solo por mi comodidad y no por un impulso propio y temí que tocar el tema de nuevo abriera la posibilidad de que se frecuenten de nuevo. Entonces decidí permanecer en la sencilla y pacífica ignorancia. La siguiente parte del relato me es dolorosa de recordar. No estoy seguro de cuándo fue la última vez que Andrea y yo estuvimos juntos y felices de estarlo. Entre nosotros apareció una película elástica invisible que hacía imposible la intimidad que alguna vez hubo entre nosotros. Nuestras conversaciones se volvieron cada vez más cortas y de menor significancia. Yo todavía la amaba y mi emoción era grande en anticipación de nuestros encuentros, cada vez más esporádicos. Sin embargo, mi emoción, que se expandía como dentro de un globo, se esfumaba de golpe con el pinchazo de su frialdad. La expresión de molestia en el rostro de Andrea desde antes de notar mi presencia hacía que mi corazón se apretara y un tono melancólico reinaba por las horas siguientes. Entonces nos despedíamos, yo triste y ella con un rencor que solo se acrecentaba. La reaparición de Edgar en la vida de Andrea me despertó de un largo aletargamiento. Fue en una reunión por una nueva presentación de Andrea que escuché su nombre. Los músculos de mi cuello se tensaron y me encorvé mientras miraba a por todos lados para encontrar el origen de aquel nombre espectral. Lo busqué por un minuto, en el que dudé si lo que escuché fue verdad o solo un producto de mi imaginación. No sé cómo, pero él me encontró primero y pronunció mi nombre por detrás de mí. Un escalofrío me recorrió el cuerpo y me voltée intentando disimular mi sobresalto inicial. Desafortunadamente Edgar sí lo notó y me lo comunicó con una gran sonrisa condescendiente. —Gabrielito, ¡por fin! Me alegra verte de nuevo. —dijo sin disimular su falsedad—. Edgar, no puedo decir lo mismo —le respondí sin rodeos—. ¿Qué haces aquí? —Oh, ¿a qué se debe tal recibimiento? ¿Qué he hecho para merecer tu enemistad? Después de no vernos tanto tiempo —dijo Edgar en voz alta, atrayendo algunas miradas—. Por favor, deja tu juego que no estoy de humor para ello. Dime qué quieres —demandé molesto—. Mi comentario debió sorprender a Edgar cuyo rostro se transfiguró dejando su sonrisa falsa y pasando a una cara de disgusto que le venía mucho más natural. Ver eso me causo mucha satisfacción. Esto debió enojar sobremanera a Edgar que rápidamente regresó a una sonrisa falsa que, a diferencia de antes, tenía un ápice de maldad. —Pobre Gabriel. No tomo a mal tu falta de educación conmigo. He hecho todo en mi poder para mantener la cordialidad entre nosotros, a pesar de tu animosidad contra mí. Pero te entiendo. Lo que estás pasando con Andrea no debe ser nada sencillo, así que te disculpo por tu agresión —chilló Edgar—. Entonces, lo logró de nuevo. Se metió a mi cabeza. Lo peor del caso es que ni siquiera tuvo que hacer gran cosa. Mi mandíbula se tensó. Sentí cómo el calor subió por mi cuerpo y enrojecí. Todos mis instintos me decían que lanzara todo el peso de mi cuerpo, cual bestia, sobre ese cobarde que habla lanzando sus flechas envenenadas. De pronto, escuché los murmullos de las personas cercanas a nosotros quienes sospechaban que una pelea se desataría en cualquier instante. Eso mismo me ayudó a recobrar el sentido, mas no fue suficiente para calmarme completamente. —Eres un maldito miserable. ¿Qué quieres de Andrea? —le dije con rabia—. ¡Ja! —exclamó él. Y antes de que pudiera reaccionar, él se esfumó. Observé a mi alrededor, pero no estaba ahí. Ahora nadie me observaba, salvo una persona. Andrea se dirigía hacia mí con una cara de decepción que me estremeció y preferiría olvidar. Ahí me di cuenta que habían pasado meses sin que nos viéramos a los ojos. ¿Cómo había olvidado algo tan sencillo? Los días juntos, el calor de su cuerpo entre las sábanas, su olor embriagante, su voz; todo lo di por sentado. Al verla pude reconocerlo todo de nuevo y sentí una ola de fuerza y esperanza para nuestra relación. —Tenemos que hablar, Gabriel —dijo ella con una seriedad que no le conocía—. Salimos de la casa dónde nos encontrábamos. Nos sentamos en la banqueta. Solo la luna y las estrellas iluminaban su cara. —Qué momento has escogido para mostrar este lado tuyo. Te veo convertido en alguien que no conocía —dijo pausada y dolorosamente—. Intenté abrir la boca, pero mis labios se pegaron. No sabía qué decir. Estaba tan apenado porque aquel bufón me hizo perder los estribos. No me justifiqué, pero tampoco fui certero con mis palabras. Andrea es una mujer fuerte e independiente. Desde el momento en el que vio mi debilidad no pudo sentir otra cosa que aversión hacia mí. Dijo que me volví como un viejo avaro que resguarda un tesoro cuyo brillo no ha visto desde que sintió el miedo de perderlo. Fue sorprendente escuchar esas palabras. Quise decirle todas las razones por las que debíamos seguir juntos; hacerle mil promesas de un nuevo comienzo. Pero no lo hice. No lo hice y me arrepiento hasta el día de hoy. Vi su cara, expectante de una respuesta, algo que le explicara cómo llegamos a este punto después de la gran felicidad que experimentamos. Debí pedirle una oportunidad más y demostrarle lo que podía lograr con mi amor. La vi durante unos minutos y no vi más rastro del cariño y la ternura con la que alguna vez me miró. Entonces supe que no había más que hacer. El resto es difícil de recordar. Su salida de mi vida fue repentina y ahora no puedo ni recordar la última vez que la besé. |
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| Revista Argos Revista electrónica semestral de Estudios literiarios, Lingüística y Creación literaria Departamento de Letras / Departamento de Estudios Literarios Av. José Parres Arias #150, Edificio "H", 4° piso, San José del Bajío,. C.P. 45132. Zapopan, Jalisco, México. CE: revista.argos@csh.udg.mx |
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