Función narrativa de un personaje (aparentemente) secundario:
Lucela en la segunda parte del Florisel de Niquea
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Narrative function of an (apparently) secondary character:
Lucela in the second part of Florisel de Niquea.

DOI: 10.32870/revistaargos.v13.n32.e0200

Esta obra está bajo una Creative Commons Atribución-NoComercial 4.0. .

Nashielli Manzanilla Mancilla
El Colegio de México (MÉXICO)
CE: nash.manzanilla@gmail.com
https://orcid.org/0009-0009-5987-745X
   

Recepción: 04/08/2025 Revisión: 07/10/2025 Aprobación: 15/06/2026

 

Resumen:
Entre los personajes secundarios que rodean a un héroe caballeresco tan importante como Amadís de Grecia destaca Lucela, su primera amada, quien tras ser sustituida por otra doncella parece haber terminado su función en el ciclo amadisiano. Este trabajo se enfoca en rastrear y analizar el regreso de Lucela, en el Florisel de Niquea II, para ver la función narrativa que el personaje tiene, ya no como dama amada, sino como doncella que evoluciona sentimentalmente, entendiendo que no es un mero personaje secundario y su historia no acaba por no ser la amada del caballero.

Palabras clave: Lucela. Ciclo amadisiano. Personaje femenino. Amadís de Grecia.

Abstract:
Among the secondary characters that surround a hero as important as Amadís de Grecia, stands out Lucela, his first lover, who after being replaced by another maiden seems to have finished her role in the amadisian cycle. This work focuses on tracing and analyzing the return of Lucela, in Florisel de Niquea II, to see the narrative function that the character has, no longer as a beloved lady, but as a maiden who evolves sentimentally, understanding that she is not a mere character. secondary and her story does not end because she is not the knight's beloved.

Keywords: Lucela. Amadisian cycle. Female character. Amadís de Grecia.

 

 
 

A la princesa Lucela la conocemos por primera vez en el Amadís de Grecia, primero de oídas -pues Fradamela cuenta al Caballero de la Ardiente Espada cómo la princesa, junto con su madre, ha sido raptada por Frandalón Cíclopes- (Silva, 2004, pp. 1-18), y más adelante asistimos a su rescate por el mismo caballero. La princesa queda prendada a primera vista de su salvador y es correspondida, por lo que, durante gran parte del Amadís de Grecia,Lucela es presentada como la mejor y más hermosa doncella, y como la amada del caballero, también el mejor del mundo. Ella, acompañando generalmente a este último, asiste como espectadora a episodios importantes para los héroes caballerescos, incluyendo la revelación de la identidad de Amadís de Grecia como hijo de Lisuarte, pero también tiene un papel relativamente protagónico en algunas aventuras, pues es ella quien, sacando una espada del cuerpo de su caballero para defenderse de un león, termina la aventura del Castillo de las Siete Torres; es parte de la aventura del Castillo de las Poridades; viaja a Trapisonda y a Constantinopla con los héroes, y es espectadora en la defensa de Lisuarte y Onoloria, y también entra, junto con Esplandián, Oriana y muchos otros, a la Gloria de Niquea.

Sin embargo, a partir del enamoramiento del Caballero de la Ardiente Espada de Niquea, el papel de Lucela cambia: el corazón dividido del de Grecia convierte a Lucela en la rival de amores de Niquea. Aunque Amadís trata de negar que su corazón también lo ocupa otra doncella ―como se ve en la aventura del Castillo de las Poridades, donde Lucela ve a Niquea en el corazón de su caballero, a lo que él asegura que es la diosa Venus―, la verdad es revelada y Lucela pasa de rival de amores a ser sustituida como la amada del mejor caballero. Aunque todo esto, primero, se ve matizado por la noticia de la falsa muerte de Amadís de Grecia a manos de Nereida, que provoca el duelo de Lucela, por lo que decide ingresar a Miraflores de por vida, dispuesta a jamás entregar su corazón a otro hombre. Al final, la verdad llega hasta la doncella y es conocedora del matrimonio de Amadís de Grecia y Niquea.

La última noticia que tenemos de Lucela en el Amadís de Grecia es por su correspondencia con el Caballero de la Ardiente Espada al final del libro, en donde lo acusa de desleal y jura venganza, y él contesta disculpándose, atribuyendo su deslealtad a la belleza de su nueva esposa y ofreciendo matarse si eso la complace, lo que deja a Lucela dividida entre el intenso odio y el amor profundo, sentimientos que serán muy característicos en el personaje a partir de este momento al recordar al caballero y, sobre todo, al reencontrarse más adelante con él.

La original historia amorosa entre esta doncella y el caballero es clasificada por Martín Romero como “Fidelidad exclusiva a una única dama, hasta que es sustituida en el corazón del caballero por un nuevo amor, al que también guarda fidelidad exclusiva” (2010, p. 171) en su clasificación de actitudes eróticas prototípicas en la saga amadisiana; sin embargo, los estudios actuales olvidan a Lucela y se acercan a esta historia siempre para estudiar la dualidad del caballero, dividido entre dos damas, pues Amadís se ve desgarrado durante buena parte de su historia entre estos dos amores, hasta que finalmente se decide por Niquea, pero no por ello olvida del todo a Lucela, de forma que, incluso en las siguientes partes del ciclo amadisiano, este héroe va a sufrir por el recuerdo de la primera dama que flechó su corazón, aunque su relación no haya logrado concretarse realmente.

Quizás es por el agridulce final que tiene en el Amadís de Grecia que Martín Romero se refiere a ella como “la peor tratada de las mujeres del ciclo” (2010, p. 172). Pero la correspondencia de ambos examantes no es el final en la trama de la doncella, ni tampoco existirá sólo en las lamentaciones del Caballero de la Ardiente Espada ―a quien la herida de amor volverá a encendérsele en varias ocasiones―, pues Lucela retornará al ciclo amadisiano en los Floriseles. Así pues, este artículo se enfoca en analizar la reaparición de Lucela en el Florisel II como un personaje más complejo, a fin de entender la función narrativa que juega al regresar en este punto de la trama. Este primer acercamiento al personaje, que parece totalmente secundario, viendo no sólo sus acciones, sino también su nivel emocional, permite demostrar que no es tan secundario como se creería, pues, además de ayudar a accionar diversas aventuras, se presenta como una contraposición narrativa de Amadís de Grecia.

A pesar de que Lucela es una doncella que ha sido traicionada por el caballero que le juró fidelidad y es sustituida por otra dama, su conducta es distinta a la de otras mujeres en su misma situación. Esto ya se puede notar desde su carta final en el Amadís de Grecia, donde tiene un tono si bien molesto, no iracundo, sino solemne. Y no llega a clamar venganza, como sucede con damas como Arlanda y Sidonia,[1] quienes pedirán venganza contra Florisel.[2]

Aunque en varias ocasiones es mencionada en los lamentos de Amadís de Grecia[3] y recordada por Sidonia en las leyes de su isla, la primera aparición de Lucela en el Florisel II se produce cuando acompaña a su hermano Lucidor a Constantinopla para celebrar su boda con Leonoria: “La princesa Lucela, sabiendo cómo por todo el mundo se avía ya publicado la pérdida de Amadís de Grecia, a su hermano ruega a sus padres suplique con él la dexen ir, para ver aquellas princesas y poder venir con su esposa; lo cual, todo fue por don Lucidor acabado como ella lo pidía y en la una nao aparejaron para que ambos fuessen” (II, 47, p. 444). En esta primera aparición, la princesa está ligada a dos hombres: por un lado, a Amadís de Grecia, pues su recuerdo se hace presente en todo momento y es consciente de su pérdida, aunque no viaja buscando un encuentro; por otro, a su hermano Lucidor, quien “suplica a sus padres” para que ella puede viajar con él y es su protector. Entendiendo que Lucela, en su calidad de doncella, no debería viajar sola y acompañar a su hermano, le permite esta libertad, pero también recordando que Lucidor, tras saber la deslealtad del de la Ardiente Espada a su hermana, le jura “jamas descansar hasta le dar vengança de Amadís de Grecia” (I, 9, p. 43) y, por lo tanto, cuida de ella y su honra.

El viaje del puerto de Marsella a Constantinopla se ve interrumpido por una tormenta que cambia su destino, y, “ezparzida cada cual nao por sí” (II, 47, p. 444), los hermanos llegan hasta un puerto de Tracia donde se encuentran con Florarlán y Arlanda. Este desvío del camino original es tópico común en las novelas de caballerías, pero también un rasgo característico de la novela bizantina que Feliciano de Silva incorpora exitosamente en su narrativa y que muestra los cimientos de lo que se desarrollará en la narrativa de ese siglo y del siguiente en la literatura hispánica. De hecho, este rasgo será muy bien aprovechado en el avance narrativo de varios personajes; en este caso, especialmente de Lucela. Sobre esta incorporación de rasgos de la novela bizantina, García Álvarez ha señalado ya que desde el Amadís de Grecia “se alcanzan a percibir gestos con los constantes infortunios marítimos que sufren los personajes y que desvían el camino inicial el cual han emprendido. Por tanto, este primer aspecto resultará significativo para el devenir narrativo” (2016, p. 90).

Al presentarse ante Florarlán y Arlanda, por palabras de Lucidor, hay un reconocimiento de la princesa de Tracia, pues ha escuchado de ellos y considera tener puntos comunes con los mismos, pensando que comparten enemigos:

-A Dios merced, que tan grande de vuestra vista me la á oy hecho que mayor no pudiera para mí ser, porque, allende de gozar del conocimiento de tan grandes personas, aquellas grandes enemistades que aquellos príncipes tuvistes, a quien yo tanto por la muerte de mi hermano desamo y me obliga hazeros todo servicio.

Y esto decía veniéndole algunas lágrimas a los ojos, las cuales con otras semejantes de la princesa Lucela se ayudaron, trayéndole a la memoria con las palabras de la princesa la de aquel que jamás de la suya se partía, de que no menos por afrentada que Arlanda se tenía (II, 47, p. 445).

Arlanda se pone al servicio de los príncipes y oculta la verdadera identidad de Florarlán, hijo ilegítimo de Florisel de Niquea y, por lo tanto, pariente de Amadís de Grecia, pero sí los hace conocedores de que llevará a cabo la venganza contra este último: “del donzel no sé qué os diga, más de cuanto aquí cerca en un castillo donde agora yo estoy un sabio lo cría a fin que, siendo de hedad, procure mi vengança de aquel Amadís de Grecia que no menos que a vós que a mí d’ella es deudor” (II, 47, p. 445). En este punto se busca encontrar el factor común que ambas mujeres pueden tener; sin embargo, la respuesta de Lucela no corresponde a este mismo deseo de venganza de Arlanda. Para Gema Montero:

A pesar de que Lucela es una mujer despechada y abandonada, su conducta es muy distinta a la de otras mujeres del relato en su misma situación. Su reacción y actitud es mucho más serena y tranquila, una actitud más resignada de aceptación del abandono, no busca hacer daño al héroe a través de la venganza para mitigar su dolor, en ella prevalece la visión positiva del amor porque aún no ha podido olvidar al caballero (2016, p. 249).

Vemos esto en su pensamiento al escuchar la misión de Florarlán, aunque no lo diga en voz alta: “no plugo mucho con estas palabras, porque no podía en ninguna manera desamar en lo secreto aquel príncipe como quien tantos servicios rescibió, que su natural o real no podía negar ni olvidar más de sí” (II, 47, pp. 445-446). El deseo que mueve a Arlanda a vengarse no es el mismo sentimiento que tiene Lucela,[4] y, aunque los motivos del deseo de venganza contra Amadís de Grecia en estas damas son diferentes, en este punto Lucela se ve en contraposición a Arlanda; más aún cuando se hace la mención a Florisel y al papel de dama rechazada que tuvo la princesa de Tracia, a propósito de que las dos princesas y Lucidor llegan al castillo de Atisbel de las Artes, en donde ven los tronos con las figuras al natural de Florisel y Helena, y reconocen la superioridad de su belleza.[5]

La “empatía” que existe entre estas dos mujeres nace de la situación sentimental y de rechazo por la que ambas pasaron. Arlanda fue rechazada por un héroe amadisiano: Florisel de Niquea. No obstante, como menciona Martín Romero, “su situación es distinta, ya que no se trata de un caso de deslealtad amorosa, sino todo lo contrario, de extraordinaria fidelidad, si bien a otra dama” (2010, p. 174). Florisel no correspondió al amor de Arlanda por el que sentía en ese momento por Silvia. Este rechazo, sumado a los engaños de identidad que Florisel y Alastraxerea jugaron cuando ella creyó tenerlos cautivos y al linaje de Amadís de Grecia, explica el deseo de Arlanda. Y aunque el desamor de Lucela, debido a la deslealtad del héroe, justificaría mejor un deseo de venganza, esta sólo se explica en una confidencia a Arlanda: “Si yo del mío no estuviesse consolada. Conque pienso que Amadís de Grecia no me meresció, pues por esposa no me hubo, con que de tal razón de la sinrazón que rescebí quedo consolada y satisfecha” (II, 47, p. 447).

Estas damas, como otras del ciclo amadisiano, a decir de Martín Romero, “sufren por haber sido -justa o injustamente- rechazadas y abandonadas. Su dolor reaparece en varias de las partes de la serie amadisiana como posibilidades argumentales que parecían no cerrarse nunca” (2010, p. 175). Así, Arlanda abre la posibilidad narrativa de Florarlán, el hijo ilegítimo de Florisel, o Sidonia en otro momento, la línea argumental de Diana, que servirá de eje temático en el Florisel III. Javier Martín Lalanda, por su parte, asegura que “el motivo de la dama movida por los contrarios de amor y desamor […] será empleado por Silva en las personas de Lucela y Sidonia” (2002, p. 157), y Lucela sí se encuentra dividida entre estos dos sentimientos, que se reactivarán al encontrarse con Amadís de Grecia nuevamente, puesto que abre una nueva posibilidad argumental en la trama; la de resolver un pendiente, una aventura que se encontraba pausada, como se verá inmediatamente, pues la doncella acepta conceder a Florarlán un don en blando: probar la Aventura de la Demanda de la duquesa Armida. Aventura que es necesario completar, no sólo por el desencantamiento de la duquesa y su castillo, sino también por el caballero principal que ahí se encuentra encantado, aunque ellos desconozcan de quién se trata.

Acompañada de su doncella Anastasiana, Lucela se interna en la niebla que rodea el hermoso castillo de la Aventura. Su carácter decidido y valiente le infunde el coraje necesario para franquear los obstáculos del recinto mágico. Dentro, encuentra a Amadís de Grecia,[6] quien se halla encantado en aquel lugar, lamentándose justamente por el recuerdo de su antigua enamorada. Pero Lucela no lo reconoce:

Y en la hermosa huerta entrando, andando por ella, por todas partes, maravillados de su hermosura y deleitoso lugar, a una hermosa fuente que en ella avía llegaron, donde Amadís de Grecia continamente sus lamentaciones hazía, donde al presente, tendido sobre la verde yerba estava tan flaco y los cabellos y barbas tan largas que muy perdida la su gran hermosura estava de las continas lamentaciones que consigo hazía. Que como lo vieron sin que él las pudiesse ver, la princesa no lo conosció como huviesse tanto que no le avía visto y demás con tanta barba, el cual ningunas tenía cuando ella en su compañía anduvo (II, 48, p. 449).

Escuchando sus lamentaciones, la princesa siente gran pena por él, pues considera que “Este cavallero malferido de amor me paresce que deve estar” (II, 48, p. 449). Sin embargo, al intentar ayudarlo, encuentra la conocida marca de nacimiento del caballero y se sobresalta al reconocer quién es:

Mas como las bascas no le cessassen, todo bañado en sudor, y ella viesse como por desgarrar la ropa del pecho andava, ella con piedad le quita las ataduras para qu’el aire le diesse, que, como la camisa le quisiesse del pecho levantar. para qu’el aire le diesse, la espada ardiente que en los pechos tenía, le vio, por donde conosciéndolo, tal alteración rescibió, que privada de sus sentidos tal como muerta sin ningun color se cae cabo él […].
-Ay de mí, que sin duda este es Amadís de Grecia! (II, 48, p. 450).

Al recuperarse de su desvanecimiento, ella es reconocida por él, quien, muy alterado y turbado ante la visión de Lucela, llega a dudar de si sus sentidos le están engañando: “O duermo o estoy despierto, que sin duda mi señora Lucela veo delante de mis ojos” (II, 48, p. 450). Vemos en este encuentro la amplitud emocional de los personajes, pero mientras el caballero se encuentra turbado y deseoso de acercarse a la dama, lamentando su desdén y suplicando perdón, Lucela mantiene los sentimientos contradictorios. También pena por ese amor, también siente el deseo de estar con él, pero todo eso existe en contraposición al sufrimiento del que quiere alejarse, de la venganza que desearía poder desear. La gama emocional de Lucela es mucho más amplia, y con esto vive: “en tan gran afrenta como estoy para poder de aquí salir, que yo tan cortada y turbada estoy que no soy parte de ello” (II, 48, p. 451). Vuelven a su mente los recuerdos de lo que ella consideró el verdadero amor, pero también la falsedad de la firmeza del caballero. Como él, ella también se encuentra dividida, aunque con la diferencia de que su nivel emocional se ve mayormente reflejado y comienza a ser comprendido.

El caballero se lamenta, toma las manos de la doncella pidiéndole que le permita mirarla y, en un lamento profundo, le confiesa su dolor sincero. Sólo quiere que la princesa hable con él, recordándole las aventuras que cumplió en su nombre. Lucela quiere marcharse, pero su honor, su amor y la deuda que siente con el caballero por los hechos que, en nombre suyo, conquistó, así como el consejo de su doncella, que siente pena por los lamentos del héroe, finalmente la llevan a quedarse y a responder:

-Ora pues -dixo la princesa-, en pago de tal conoscimiento os aviso que de aquí luego os vais, por quanto estáis en poder de aquella que como a Nereida no´s perdonará la muerte de Amadís de Grecia tampoco, y no menos que yo, que es la princesa Arlanda. Y están tantos de los que con vós vinieron, en su compañía aguardando, que no podáis dexar de ser conoscido, donde sería daño poderos dar la vida. Y puesto que yo no´s devo de guardarla por lo que a vós toca, por lo que toca a mí para con ella passes más pena que muerto con conocimiento cada día más de vuestro yerro, os aconsejo que lo hagáis, aunque por esta parte os lo mando que aquí no estéis más, porque no quiero yo tan mal a la señora princesa Niquea, que ella pague lo que vós a mí sola deves, e yo a vuestra deslealtad. Y con esto yo me voy, que tardo, que están aguardando (II, 48, p. 453).

Lucela no duda en reprochar al héroe su infidelidad y su deslealtad, impropia de tal caballero, pero no le desea ningún daño, y también habla con una gran cortesía y respeto hacia Niquea, a quien no considera una rival, sino también una víctima: “por esta parte os lo mando que aquí no estéis más, porque no quiero yo tan mal a la señora princesa Niquea, que ella pague lo que vós a mí sola deves, e yo a vuestra deslealtad” (II,48, p. 452). Recordando el episodio donde se creyó que el héroe había muerto por mano de Nereida, le habla a la doncella guerrera tanto como al caballero y le advierte del deseo de venganza de Arlanda por dicho episodio: “os aviso que de aquí luego os vais, por quanto estáis en poder de aquella que como a Nereida no’s perdonará la muerte de Amadís de Grecia tampoco, y no menos que yo, que es la princesa Arlanda. Y están tantos de los que con vós vinieron, en su compañía aguardando, que no podáis dexar de ser conoscido, donde sería daño poderos dar la vida” (II,48, p. 452).

Así, Lucela, apoyada por Anastasiana, se sobrepone a sus sentimientos y protege al caballero. Como recompensa, deshace el encantamiento, ganando con ello honra y fama, misma que le reconocen apenas se rompe el encantamiento: “Bien aya la hermosa princesa que a nuestra señora pudo dar libertad, quitándola al que la avía quitado. […] Con gran gloria de don Lucidor por aver su hermana la aventura acabado” (II,48, p. 453).

Amadís de Grecia se marcha escondiéndose rumbo a Constantinopla, como la misma Lucela le ha pedido. Ella, por su parte, seguirá protegiéndolo, ocultando a todos su encuentro con él: “preguntándole por el cavallero que allí estava, y ella diziendo que, como visto le huviesse, se avía ido sin poderle hablar” (II, 48, p. 453). Sin embargo, este rencuentro con el héroe le sirve para reflexionar sobre sus sentimientos, entendiendo la imposibilidad del matrimonio y, sobre todo, la estima de su propia honestidad por encima de sus sentimientos por él:

Mas, como esta hermosa princesa tanto siempre su honestidad estimó, antes passara por la muerte que por errar a su limpieza. Por lo qual, pues ella ya no podía casar con aquel que más que a sí amava, determinó de no darle más del secreto de su coraçón, de quanto en la quexa que d´él tenía le pudiesse dar, para del todo quitarle la esperança en la parte que ella por su limpieza negada le tenía con aquella fuerça que más se acrescienta en la virtud quanto contra la voluntad por ella contra ella resistida (II, 47, p. 453).

Mucho más adelante, Lucela finalmente confiesa a Arlanda, Lucidor y a toda la gente del castillo de la duquesa Armida que el caballero encantado era Amadís de Grecia; y ante las quejas de la princesa de Tracia por haber encubierto esto, Lucela explica todo aquello que ha reflexionado tras el encuentro:

Aunque yo desamo a Amadís de Grecia, no ay tan poco deudo trabado entre su linage y el mio que de tal causa yo diera lugar a serlo, puesto caso que, aunqu’el pudo olvidar la obligación en que el amor que yo le tenía era y a la palabra que de casamiento me avía dado, no por esso olvido yo los servicios que a mi linage y a mi  tiene hechos, puesto caso que la vengança que yo d’el espero no de otra mano que de la suya la quiero de su yerro en valor. Assi que no me pongáis culpa donde la razón me esculpa (II, 51, pp. 463-464).

Queda claro, entonces, que, aunque el amor y la deslealtad no son asunto olvidado, para la princesa el valor y servicio de Amadís de Grecia como caballero pesan por sobre las fallas del amador. Ahora bien, este valor que Lucela da al caballero queda corroborado en un episodio inmediato, donde, incluso, habrá influencia sobre la princesa Arlanda, pues Lucela, Armida y Arlanda son raptadas por el duque de Brabrón en Tracia y, ante el trato que de éste reciben, Lucela le asegura a la princesa de Tracia: “cuánto mejor en manos de vuestro cruel enemigo Amadís de Grecia estuviéramos que en la d’estos malvados, sin ninguna virtud ni acatamiento d’ella” (II, 51, p. 464). Para su fortuna, Amadís de Grecia, Zahara, Lucidor y el emperador de Roma las rescatan. Este nuevo encuentro de la princesa y el caballero queda mucho más matizado en comparación con el sucedido en el castillo de la duquesa Armida. Los sentimientos no afloran como antes y ambos responden más por sus acompañantes que por ellos mismos: Amadís de Grecia lo hace por la reina Zahara: “-Mi señora, suplico a vuestra grandeza este servicio no de mi parte se resciba, que no lo merescen mis servicios ante vos, mas en nombre de la preciada reina Zahara que en su compañía la mía lo pudo hacer” (II, 51, p. 466); mientras que Lucela, quien siente alivio y gozo al descubrir que su salvador es el de la Ardiente Espada, lo hace por Arlanda y Armida:

-Amadís de Grecia, yo tomo la merced de la señora reina de mi parte y vuestro servicio pongo en lo que del cuerpo a la señora princesa Arlanda y duquesa Armida, que conmigo están, para poner en el todo d’el alguna parte del perdón que por el enojo que de vós tiene esta princesa le sois deudor a todo comedimiento. (II, 51, p. 466).

Esta intervención de Lucela no sólo responde a una fórmula de agradecimiento, ni niega para sí misma el servicio del caballero por el despecho, sino que sirve como una intercesión para la enemistad de Arlanda y Amadís. Al haber otorgado el perdón al caballero, Lucela se convierte en la intermediaria para frenar el deseo de venganza de Arlanda. Y así, finalmente, Amadís de Grecia es perdonado por Arlanda: “De los demás de mi linage el perdón procura, que de mí rescebido lo tienes por fuerça, con aquella fuerça que sobre mi real obligación con tu beneficio, junto con tu comedimiento, quesiste poner” (II, 51, p. 467).

Aunque el caballero y la dama vuelven a cruzar palabras -pues, tras el rescate, el camino los lleva a una ínsula donde él busca una oportunidad para hablar con ella y pedirle que, por lo menos, acepte sus servicios como caballero-, la postura de Lucela ya no se modifica: “-No ay para qué pedir -dixo ella- lo que mi obligación me manda y todas las del mundo me deven. Por tanto no se gaste más tiempo en lo que tanto devría estar conoscido” (II, 52, p. 471).

Después de este rescate, los caminos de Amadís de Grecia y Lucela volverán a cruzarse, pues ella asiste al proceso de reconocimiento de Alastraxerea y Anaxartes y, por último, acude a Constantinopla para participar en la celebración de las bodas colectivas; sin embargo, estos episodios ya no resultan significativos para el desarrollo del personaje, y, pese a que en algún momento se lamente encubiertamente por tener que callar sus sentimientos, su función se limita a la de ser observadora, al tiempo que la observada, por Amadís de Grecia, quien, pese a todo, sigue dividido.

No obstante, debe destacarse que, finalmente, Lucela y Niquea se conocen y, aunque entre ellas no hay mayor interacción, reconocen la belleza de la otra:

Niquea tenía a par de sí a la princesa Lucela que maravillada de su hermosura la mirava, y ella a ella de la suya, tanto que dezían entre sí que gran razón tenía delante para no culpar Amadís de Grecia” (II, 55, p. 485).

Además, al estilo del episodio antes mencionado, en el que miran la imagen al natural de Helena y Florisel en el castillo en donde, con Arlanda, se encontraban Lucidor y Lucela, la belleza de las damas parece justificar al héroe. Esta visión de la belleza tan maravillosa sorprende a las propias damas, quienes comprenden la dificultad de la decisión del caballero, el cual, ante dos damas tan bellas, no es de extrañar que se encontrara dividido.

Ahora bien, aunque la presencia de Lucela en el Florisel es muy breve, no por ello es menos significativa. Martín Romero asegura que “esta dama injustamente despechada se convierte en modelo de comportamiento y clave para entender mejor a otras damas abandonadas del ciclo” (2010, p. 172), y, hasta cierto punto, es cierto, ya que la historia de Lucela promueve las leyes y el comportamiento de Sidonia; pero también resulta un contrapunto, al menos en el Florisel II, pues Lucela no es una dama vengativa, y se contrapone a Arlanda, aun cuando su situación es mucho más injusta. Lucela se sobrepone a sus propios sentimientos, dominándolos y manteniendo sus muchas virtudes, lo que permite que rompa el encantamiento de la Demanda de la duquesa Armida, que narrativamente permite que Amadís de Grecia vuelva a la aventura; pero la evolución de Lucela también se ve en que da mayor valor a su honestidad, lo que la ayuda a entender que su amor por Amadís jamás se verá culminado, y permite que el perdón se vaya presentando en ella. Pese a que seguirá lamentándose por la deslealtad, el personaje avanzará. Se trata, además, de un recordatorio al caballero de su pasado. Al aparecer frente a Amadís de Grecia, él recuerda por qué su corazón está dividido, y el receptor de la obra también, en una doble lectura. La presencia de esta princesa genera expectativas sobre si vendrá el desenlace de estos amores. Feliciano de Silva no se limita a olvidar a la dama en Miraflores, sino que prepara su regreso y su cierre a partir de la evolución que ya comienza a presentar en este libro.

La aparición de Lucela es, por supuesto, uno de los varios elementos de conexión con libros anteriores, en la medida en que hacen que el lector recuerde y reviva sucesos anteriores, y esto no sólo sea por los lamentos del caballero eternamente dividido. No obstante, también presenta un avance, no sólo en la trama, pues Lucela cumple con aventuras (desencanta a Amadís de Grecia para que pueda dejar Tracia), sino en el personaje mismo. Lucela ya no es la furiosa y dolida dama que escribió desde Miraflores al Caballero de la Ardiente Espada; al encontrarse nuevamente con Amadís de Grecia, ella comienza a perdonar, pero, al romper un encantamiento, prueba su propia valía, que no dependía sólo del caballero que alguna vez la amó. Si bien su liberación de este amor no sucederá totalmente sino hasta la segunda parte del Florisel IV, la aparición de Lucela, su encuentro con el caballero y su presencia en Constantinopla para asistir a las bodas de personajes del linaje amadisiano son el paso en la evolución de un personaje que nunca más será tratado, o llamado, dama abandonada

Referencias

García Álvarez, J. P. M. (2016). Teatralización espectacular de lo humorístico en las novelas de caballerías de Feliciano de Silva [tesis doctoral, El Colegio de México]. Repositorio COLMEX. https://hdl.handle.net/20.500.11986/COLMEX/10001618

Haro, M. (1998). La mujer en la aventura caballeresca: dueñas y doncellas en el Amadís de Gaula. En R. Beltrán (ed.), Literatura de caballerías y orígenes de la novela (pp. 181-217). Universidad de Valencia.

Martín Lalanda, J. (2002). El ciclo de Florisel de Niquea [1532-1535-1551] de Feliciano de Silva. Edad de Oro, 21, 153-176.

Martín Romero, J. J. (2010). Fidelidad sentimental y catarsis amorosa en el ciclo de Amadís de Gaula. Revista de Literatura Medieval, XXII, 155-184.

Montero García, G. (2016). Edición y estudio del libro segundo de La crónica de los muy valientes y esforçados e invencibles cavalleros don Florisel de Niquea[tesis doctoral, Universidad Complutense de Madrid]. Docta Complutense. https://hdl.handle.net/20.500.14352/21327

Silva, F. (2004). Amadís de Grecia (A. C. Bueno Serrano & C. Laspuertas Sarvisé, eds.). Centro de Estudios Cervantinos.

Silva, F. (2015). Florisel de Niquea. Partes I-II (L. Pellegrino, ed.; A. Bognolo, pref.; M. Corduras, rev.). Universidad de Alcalá.

NOTAS:

[1] Vale la pena mencionar, en el caso de Sidonia, que las leyes promulgadas en su reino, la isla de Guindaya, según las cuales se prohibía el matrimonio secreto y cualquier propuesta de enlace había de ser pública y, por ley, forzosamente aceptada, o el quebrantador moriría ajusticiado, son impuestas por Sidonia al enterarse precisamente del abandono de Lucela por Amadís de Grecia (Silva, 2015, I, 39, pp. 421-422). Todas las citas son tomadas de esta edición; en adelante, se indicará entre paréntesis el número de libro en romanos, seguido del número de capítulo y las páginas en arábigos.

[2] Sobre el caso de estas mujeres que quieren venganza, vale la pena ver el antecedente de estudio de Marta Haro (1998), quien habla de la Dueña o doncella brava, e indica que sus acciones están impulsadas por la venganza cruel y que, si bien no está muy presente en la obra de Rodríguez de Montalvo, Feliciano de Silva sabrá aprovecharla en sus continuaciones con mujeres como las antes mencionadas.

[3] Incluso, al encontrarse con Lucidor, el hermano de Lucela, Amadís de Grecia reaviva más la herida por el parecido de los hermanos: “cuando el excelente príncipe Amadís de Grecia despertando del quebrantamiento y falta del sueño passado, se halló donde el hermoso donzel don Florarlán le avía dexado, que, como en tal soledad se viesse, solo acompañado de aquella que la vieja llaga de sus ardientes desseos tan nueva fuerça sobre su coraçón avía puesto, con la memoria de la hermosura de la princesa Lucela, y como por la vista de don Lucidor, en él con mayor memoria de su memoria a la de sus dolorosos tormentos tanta fuerça avía puesto, que en el estado que avés oído lo tenía derrocado” (II, 34, p. 405).

[4] Recordemos que es la única hija del rey de Tracia, ya que su hermano murió a manos de Amadís de Grecia en el libro anterior ―cuando el Caballero de la Ardiente Espada estaba disfrazado de Nereida y Balarte se hizo pasar por Amadís de Grecia―, por lo que la enemistad entre ambos reinos es evidente.

[5] De hecho, Lucela asegura: “por lo que de la hermosura d’esta imagen de Helena puedo juzgar, es la poca culpa de don Florisel y vós en lo pasado podes tener, porque en su hermosura en ambas partes os disculpa” (II, 47, p. 446). Esta frase justifica la lealtad de Florisel a Helena, pero también sirve para “consolar” a Lucidor, quien originalmente estaba destinado a casarse con Helena.

[6] Recordemos que Amadís de Grecia había sido arrojado por una tormenta al puerto de Tracia, donde conoció y compartió la vida de Florarlán durante más de dos meses, mientras dilucidaba si realmente amaba a Lucela o a su esposa Niquea. Prueba la Aventura de Armida, desencanta a quienes se encontraban presos en ella y, a su vez, queda encantado (II, 33-37)

 
 
  Revista Argos
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